Por David Cavazos
Durante un buen rato estuve pensando en cómo podría iniciar una reseña sobre Yo maté a tu perro. Definitivamente, por mi espalda sentía el peso de cómo y por dónde abordar alguno de sus lanzamientos. Medité si sería prudente comenzar por el inicio: ¿El primer esfuerzo un tanto inocente realizado por en 2010? O ¿debía iniciar por el EP de 2012, con el cual este servidor los conoció, cargado obviamente de nostalgia y emotividad? Quizás lo mejor era comenzar por el final, ya que de esa forma podría obtener y redactar una bella carta para la posteridad sobre lo que fue y nunca fue YMATP.
Sin embargo, me he decidido: En esta ocasión visitaremos el ahora lejano 2014. Año mundialista, año en que Tumblr reinaba campante y ofrecía una alternativa para las redes sociales, y Retrica nos dañaba la retina con tanta foto color amarillo por el mundo. Fue en ese mismo 2014, entre los meses de mayo y junio, que YMATP grabó su tercer EP.
Provenientes de Santa Catarina, ese lejano municipio repleto de fábricas, pedreras y bodegas las cuales brindaron espacio e inspiración para tocadas, videos, ensayos durante una buena cantidad de tiempo para la banda en cuestión.

Este álbum comienza con «A veces caer es subir«, una canción que usaría sin dudarlo como carta de presentación para estos chicxs. Un sinte sutil nos recibe en breves segundos para darle entrada a una distorsión empedernida, acompañada del bajo de Isaac y batería de Roberto que, sin articular demasiados ornamentos, arropan solemnemente la voz de Jehú y Lili cuando cantan «algo de esto me va a matar«.
Cuando era pequeño, solía ir con mayor frecuencia a Santa Catarina y debo reconocer que eran visitas un tanto deprimentes. La distancia hasta el lugar que visitaba, las casas con corte revolucionario del centro, el fuerte olor a plástico por las tardes del cual nunca quise preguntar su procedencia, invaden mi mente aún hoy en día al recordarlo.
Y bien, similar a ello un aura sombría y de tristeza es lo que me evoca recorrer los primeros acordes de «Nunca es suficiente». Es como si fuera hacinado dentro de una Ruta-126 Infonavit/Huasteca, repitiendo para mis adentros «vamos, ya no basta, vamos, ya no basta».
Conocí a YMATP cuando ya no frecuentaba las calles de Santa, pero creo que perfectamente han musicalizado mis recuerdos: En la López, en el centro de Santa o la Huasteca. Y Jehú, un poeta al que admiro con sobresalto, me recuerda en tan solo 2:15 mins que «las cosas nunca llegan cuando más lo necesitas».
Si existiera una cosa que pudiera solicitarle a usted, amable lector, es que cierre sus ojos, por favor, y escuche conmigo «Tom Pain». Supongamos que somos un obrero camino a La Fama; nos acercamos lentamente a la textilera, odiamos eso, no tenemos idea por qué, pero lo odiamos. Cerramos nuestro puño, rechinamos nuestros dientes con agudeza y justo ahí, querido lector, es cuando entra la guitarra distorsionada de Jehú que, de forma síncopa y errante, nos regresa de tan febril sueño. Una pieza excelsa de este álbum, sin duda alguna.
A este punto, le pregunto a usted: ¿De qué forma puedo abordar la tristeza en palabras que no haya experimentado usted aún? «Tristeza, no sé bien a dónde vamos, tristeza, no hagas que lo arruine. Pero muy dentro, la tristeza me sonríe», canta Jehú. Me recuerda una frase de un japonés que me gusta mucho y reza: «Si el triunfo es gozo, ¿Es la ruina otro encanto?»

Yo maté a tu perro fue y seguirá siendo una de las bandas más entrañables que ha brindado esta ciudad, creando en torno a ellos una especie de culto que continúa hoy en día, integrado por aquellos que atestiguamos alguno de sus conciertos o quienes rescatamos la sinceridad y honestidad en su forma de presentar su trabajo, sin muchas pretensiones y mostrándose al mundo tal cual como son. Escribo esto mientras suena esta parte final de «Tristeza», que por alguna razón es un tanto alegre (?), sin duda una ironía de la vida que se antepone sobre los sentimientos previamente descritos y justo creo eso representa la vida misma.
